Los toros están por todas partes en el Antiguo Testamento, y no por casualidad. Eran omnipresentes en las culturas y representaciones religiosas del Próximo Oriente, al menos durante el primer milenio a.C. Esta insistente presencia no es un detalle insignificante: revela una tensión profundamente arraigada sobre cómo representar al Dios de Israel.
Foto: E. Pastore, Museo del Louvre
El episodio más famoso es el del becerro de oro. Mientras Moisés permanecía cuarenta días en la montaña para encontrarse con Dios, el pueblo se impacientaba. Aarón y el pueblo fabricaron un becerro de oro porque querían dar a su Dios una forma visible, corpórea, que representara a Yahvé de un modo tangible (Éxodo 32:1-4). Cuando Moisés bajó, descubrió la escena y comprendió la gravedad de su acto: haber reducido al Dios vivo a un objeto. El becerro de oro se convirtió así en el símbolo de una representación idólatra que había que rechazar radicalmente.
En la continuidad narrativa de los relatos bíblicos, siglos después, el problema no había desaparecido. El rey Jeroboam hizo erigir dos estatuas de toros en los grandes santuarios del reino de Israel, en Betel, al sur, y en Dan, al norte (1 Reyes 12:28-30). Se suponía que estas imágenes representaban al Dios de Israel y marcaban las fronteras del territorio. Un poco más tarde, en el siglo VIII a.C., el profeta Oseas -que también trabajaba en el reino del norte en tiempos de Jeroboam II- se burló del toro de Betel y acusó a Israel de descarriarse. Dios dijo: «Rechazo tu becerro, Samaria» (Oseas 8:5-6).
Estos textos demuestran que la representación de la divinidad en forma de toro estaba muy extendida. Formaba parte del imaginario religioso del Próximo Oriente Antiguo, donde la fuerza del toro simbolizaba la soberanía y la fertilidad. Animal poderoso por excelencia, imponente por su vigor físico y su capacidad reproductora, encarnaba naturalmente la idea de dominación y vitalidad. Al menos en la iconografía del Próximo Oriente del I milenio a.C., funcionaba como atributo real: identificar al rey con el toro era reivindicar una autoridad excepcional.
Para ampliar esta reflexión y comprender mejor el significado cultural del toro en el Próximo Oriente Antiguo, te invito a ver el siguiente vídeo, realizado por tres estudiantes del Instituto Católico de París: Pauline Masseteau, Barthélémy Zigiotti y Lila Tapie, matriculados en el Máster de Historia del Arte: Cultura y Patrimonio del Próximo Oriente Bíblico y Bizantino. Su enfoque arqueológico y cultural arroja una luz muy pertinente sobre el trasfondo de estas representaciones.
Es en este contexto iconográfico en el que debemos releer otro episodio importante, cuando Moisés baja de la montaña con las tablas de la Ley. La traducción de la Biblia que ha dominado el cristianismo durante casi dos milenios es la de San Jerónimo (c. 347-420), que traduce que el rostro de Moisés «resplandecía» hasta tal punto que tuvo que cubrirse con un velo ante el pueblo (Éxodo 34:29-35). Ahora bien, el verbo hebreo utilizado aquí se forma a partir de una raíz que en realidad tiene dos significados: «ser luminoso» y «ser cornudo». En otras palabras, el texto juega con una ambigüedad: o Moisés tiene un rostro luminoso… o un rostro cornudo.
La segunda lectura no tiene nada de absurdo en su contexto cultural. Puesto que los cuernos son atributo de dioses y reyes en la iconografía tradicional, ver a Moisés bajar de la montaña con cuernos significa que Dios le está delegando su poder. Los cuernos son simbólicos e indican la legitimidad concedida a Moisés para dirigir al pueblo. ¿No fue Moisés el primer líder del pueblo?
Los toros están por todas partes en el Antiguo Testamento, y no por casualidad. Eran omnipresentes en las culturas y representaciones religiosas del Próximo Oriente, al menos durante el primer milenio a.C. Esta insistente presencia no es un detalle insignificante: revela una tensión profundamente arraigada sobre cómo representar al Dios de Israel.
Foto: E. Pastore, Museo del Louvre
El episodio más famoso es el del becerro de oro. Mientras Moisés permanecía cuarenta días en la montaña para encontrarse con Dios, el pueblo se impacientaba. Aarón y el pueblo fabricaron un becerro de oro porque querían dar a su Dios una forma visible, corpórea, que representara a Yahvé de un modo tangible (Éxodo 32:1-4). Cuando Moisés bajó, descubrió la escena y comprendió la gravedad de su acto: haber reducido al Dios vivo a un objeto. El becerro de oro se convirtió así en el símbolo de una representación idólatra que había que rechazar radicalmente.
En la continuidad narrativa de los relatos bíblicos, siglos después, el problema no había desaparecido. El rey Jeroboam hizo erigir dos estatuas de toros en los grandes santuarios del reino de Israel, en Betel, al sur, y en Dan, al norte (1 Reyes 12:28-30). Se suponía que estas imágenes representaban al Dios de Israel y marcaban las fronteras del territorio. Un poco más tarde, en el siglo VIII a.C., el profeta Oseas -que también trabajaba en el reino del norte en tiempos de Jeroboam II- se burló del toro de Betel y acusó a Israel de descarriarse. Dios dijo: «Rechazo tu becerro, Samaria» (Oseas 8:5-6).
Estos textos demuestran que la representación de la divinidad en forma de toro estaba muy extendida. Formaba parte del imaginario religioso del Próximo Oriente Antiguo, donde la fuerza del toro simbolizaba la soberanía y la fertilidad. Animal poderoso por excelencia, imponente por su vigor físico y su capacidad reproductora, encarnaba naturalmente la idea de dominación y vitalidad. Al menos en la iconografía del Próximo Oriente del I milenio a.C., funcionaba como atributo real: identificar al rey con el toro era reivindicar una autoridad excepcional.
Para ampliar esta reflexión y comprender mejor el significado cultural del toro en el Próximo Oriente Antiguo, te invito a ver el siguiente vídeo, realizado por tres estudiantes del Instituto Católico de París: Pauline Masseteau, Barthélémy Zigiotti y Lila Tapie, matriculados en el Máster de Historia del Arte: Cultura y Patrimonio del Próximo Oriente Bíblico y Bizantino. Su enfoque arqueológico y cultural arroja una luz muy pertinente sobre el trasfondo de estas representaciones.
Es en este contexto iconográfico en el que debemos releer otro episodio importante, cuando Moisés baja de la montaña con las tablas de la Ley. La traducción de la Biblia que ha dominado el cristianismo durante casi dos milenios es la de San Jerónimo (c. 347-420), que traduce que el rostro de Moisés «resplandecía» hasta tal punto que tuvo que cubrirse con un velo ante el pueblo (Éxodo 34:29-35). Ahora bien, el verbo hebreo utilizado aquí se forma a partir de una raíz que en realidad tiene dos significados: «ser luminoso» y «ser cornudo». En otras palabras, el texto juega con una ambigüedad: o Moisés tiene un rostro luminoso… o un rostro cornudo.
La segunda lectura no tiene nada de absurdo en su contexto cultural. Puesto que los cuernos son atributo de dioses y reyes en la iconografía tradicional, ver a Moisés bajar de la montaña con cuernos significa que Dios le está delegando su poder. Los cuernos son simbólicos e indican la legitimidad concedida a Moisés para dirigir al pueblo. ¿No fue Moisés el primer líder del pueblo?

