¿Por qué tiene cuernos Moisés en la famosa escultura de Miguel Ángel? Esta representación, que hoy en día puede sorprender, tiene su origen en una dificultad del texto hebreo de Éxodo 34 y en la historia de su interpretación. Partiendo de un verbo que se usa para describir el rostro de Moisés tras su encuentro con Dios, Ilana Mendel, estudiante de máster, recorre el camino que va desde el relato bíblico hasta la Vulgata de Jerónimo y, de ahí, a la obra de Miguel Ángel. Una forma especialmente sugerente de descubrir cómo una ambigüedad del texto puede atravesar los siglos y moldear de forma duradera el imaginario artístico.

El pasaje de Éxodo 34, 29-35 cuenta el momento en que Moisés baja del Sinaí por segunda vez con las Tablas de la Ley tras su encuentro con Dios. Estos versículos hablan de un cambio físico en Moisés, que Aarón y los israelitas pudieron notar. De hecho, el texto nos dice que «Moisés no se había dado cuenta de que la piel de su rostro estaba qaran », un término poco común que, en hebreo, puede evocar tanto la idea de «resplandecer» como la de «cuerno». Esta ambigüedad parece plantear en el texto bíblico una cuestión más amplia: ¿qué pasa cuando un humano entra en contacto con lo divino?

Este estudio no pretende resolver la cuestión etimológica del término «qaran», sino entender las interpretaciones que ha suscitado a lo largo de los siglos. De hecho, este versículo se ha reinterpretado, traducido y representado una y otra vez, desde la traducción de Jerónimo de Estridón en la Vulgata hasta los artistas que se han inspirado en él, entre ellos Miguel Ángel.

El Moisés de Miguel Ángel

Livioandronico2013, CC BY-SA 4.0 <https://creativecommons.org/licenses/by-sa/4.0>, vía Wikimedia Commons

El Moisés de Miguel Ángel se esculpió en el siglo XVI para el mausoleo del papa Julio II y hoy se encuentra en la basílica de San Pedro en Cadenas, en Roma. Obviamente, la obra no es la única representación de este episodio bíblico, pero refleja de forma especialmente notable una elección interpretativa.

Así pues, cabe preguntarse cómo esta representación de Moisés permite reinterpretar Éxodo 34 y de qué manera refleja una interpretación concreta del texto. Primero analizaremos la ambigüedad del pasaje bíblico, antes de estudiar cómo la obra de Miguel Ángel se inscribe en esta historia de la recepción y, a su vez, desempeña una auténtica función hermenéutica.

El pasaje de Éxodo 34, 29-35 forma parte de la renovación de la Alianza entre Dios e Israel tras el episodio del becerro de oro. Describe el descenso de Moisés del monte Sinaí con las Tablas de la Ley, tras su encuentro con Dios. El texto destaca que su rostro sufrió una transformación perceptible para los israelitas: cuando ven que la piel de su rostro ha cambiado, sienten «temor». Así, el relato hace hincapié en esta transformación y en la reacción que provoca entre el pueblo.

Sin embargo, esta transformación plantea varias preguntas. El texto hebreo dice: «Moisés no se había dado cuenta de que la piel de su rostro era qaran». El verbo qaran suele significar «resplandecer», aunque está muy relacionado con el sustantivo qeren, que significa «cuerno». Esta similitud léxica ha tenido un papel fundamental en la historia de la interpretación de este pasaje: ¿hay que imaginar que el rostro de Moisés resplandecía o entender que su aspecto físico había cambiado?

Así, el texto te plantea una dificultad interpretativa. Esta se acentúa por el comportamiento de Moisés, que se «cubre el rostro con un velo» cuando se dirige a los israelitas y se lo quita cuando se presenta ante Yhwh. El rostro de Moisés se convierte así en el lugar visible de su cercanía con lo divino, mientras que el velo introduce una forma de mediación entre esa manifestación y el pueblo.

La ambigüedad que rodea a «qaran» ha llevado a los traductores a tomar decisiones diferentes. En el siglo IV, Jerónimo de Estridón desempeñó un papel fundamental en la historia de la recepción de este texto. En la Vulgata, utiliza la expresión «cornuta esset facies sua», que se puede traducir como «su rostro era cornudo». Al dar prioridad a esta posibilidad que ofrece el vocabulario hebreo, Jerónimo contribuye a difundir una lectura diferente a la que hace hincapié en el resplandor del rostro. Como señala Thomas Römer, es simplista considerar esta traducción como un simple error: hay que situarla en el contexto más amplio de la historia de la interpretación.

La obra de Miguel Ángel es un ejemplo especialmente famoso de esta tradición. Su Moisés, destinado al mausoleo de Julio II en la basílica de San Pedro en Cadenas, en Roma, ofrece una interpretación que combina la recepción del texto bíblico con la libertad artística.

Miguel Ángel representa a Moisés sentado, con las Tablas de la Ley bajo el brazo. Con una mano se toca la larga barba; tiene la cabeza girada hacia la izquierda y su expresión parece tensa. Su cuerpo poderoso, con los músculos y las venas muy marcados, da la impresión de que podría levantarse en cualquier momento. En lo alto de su frente se ven dos cuernos pequeños⁴.

Además, el artista se toma varias libertades con respecto al relato de Éxodo 34. El texto bíblico describe a Moisés bajando de la montaña con las Tablas de la Ley, mientras que Miguel Ángel lo representa sentado, en una postura llena de tensión. Así, la escultura parece reunir varios momentos de la figura bíblica de Moisés. El cuerpo tenso, la mirada desviada y la forma en que sostiene las Tablas nos muestran a un personaje invadido por una fuerte emoción. La obra resalta así tanto la humanidad de Moisés como su condición excepcional.

En cambio, la presencia de los cuernos vincula directamente la escultura con la tradición occidental marcada por la Vulgata. Miguel Ángel trabaja en un contexto cultural en el que la representación de un Moisés con cuernos ya está muy arraigada. Así que los cuernos no son un invento personal del escultor: forman parte de una larga historia iconográfica que tiene su origen en la interpretación latina de Éxodo 34.

Durante mucho tiempo, se ha dicho que los cuernos de Moisés eran el resultado de un error de traducción de Jerónimo. Sin embargo, esa explicación parece insuficiente. Como recuerda Thomas Römer (2009, «Los cuernos de Moisés. Introducir la Biblia en la historia: conferencia inaugural pronunciada el 5 de febrero de 2009 en el Collège de France), el cuerno tiene un gran valor simbólico en el Antiguo Oriente Próximo. Ya en el tercer milenio antes de nuestra era, en Mesopotamia, a las deidades se las identificaba, entre otras cosas, por tiaras con cuernos. El cuerno forma parte, pues, de un lenguaje iconográfico asociado al mundo divino.

Este dato nos permite ver desde otra perspectiva la relación entre «qaran» y «qeren». El verbo «qaran», que se usa en Éxodo 34 para describir el rostro de Moisés, es único en la Biblia hebrea. La relación léxica con la palabra «cuerno» podría haber favorecido así una interpretación en la que el resplandor y el cuerno remiten, en formas diferentes, a una misma realidad: la transformación que se produce al entrar en contacto con Dios.

En la iconografía mesopotámica, los cuernos indican que se pertenece al ámbito divino. Moisés, por su parte, nunca se convierte en una deidad. Sin embargo, su cuerpo lleva la huella del encuentro con Yhwh, aquel con quien habló «cara a cara». Su transformación hace patente, pues, una cercanía excepcional con Dios, al tiempo que mantiene la distinción entre lo humano y lo divino.

Aunque es obvio que Miguel Ángel no podía conocer todos los datos que la arqueología moderna ha sacado a la luz sobre la iconografía mesopotámica, su escultura se sitúa, a través de la Vulgata y la tradición artística occidental, al final de una historia mucho más antigua.

Al final, la cuestión fundamental ya no es si Moisés tenía cuernos o si su rostro resplandecía. Ambas imágenes pretenden expresar algo de su encuentro con Dios. Sin embargo, esta transformación resulta difícil de contemplar: asusta tanto a los israelitas que Moisés se cubre la cara. Así, el cuerpo de Moisés da testimonio de la cercanía divina y, al mismo tiempo, paradójicamente, tiene que ocultarla.

También hay que destacar que esta transformación afecta precisamente al rostro. El rostro es el lugar del encuentro y de la mirada. Cuando Moisés se vuelve hacia Dios, se quita el velo; cuando vuelve con los israelitas, se lo vuelve a poner. El velo se convierte así en un mediador entre Dios y los hombres, al tiempo que plantea una pregunta: ¿protege al pueblo de la manifestación divina o, por el contrario, le impide acceder plenamente a ella? Al igual que el rostro de Moisés, el significado mismo del pasaje permanece en parte velado.

El análisis de los cuernos de Moisés pone así de manifiesto la persistencia de una memoria muy antigua del Oriente Próximo, en la que el cuerno es un símbolo asociado a lo divino. A través de la Vulgata, Miguel Ángel se convierte a su vez, sin conocer necesariamente todos sus orígenes, en el heredero de una larga tradición iconográfica. Su Moisés muestra así, de una forma especialmente impactante, cómo una obra de arte puede prolongar la historia de la interpretación de un texto bíblico y hacer visibles sus ambigüedades.

Ilana MENDEL

Estudiante de máster en Historia del Arte: Culturas y patrimonio del Oriente Próximo bíblico y bizantino, en el Instituto Católico de París

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