El creyente puede sentirse amenazado cuando una revista o un sitio web anuncia un nuevo descubrimiento arqueológico que vendría a contradecir la Biblia. Hay que reconocer que la historia contada en la Biblia no siempre corresponde a los datos de la historia y de la arqueología.

Incluso cuando los textos aluden a acontecimientos, como los reinados de los reyes de Israel, a menudo contienen imprecisiones, amplificaciones e incluso desfases. Hoy sabemos que los relatos sobre los reyes David y Salomón fueron redactados varios siglos después de su existencia. Por tanto, es inevitable que lleven la marca del tiempo, con sus relecturas e interpretaciones. La misma pregunta se plantea para los escritos del Nuevo Testamento: Jesús no escribió nada, y quienes consideraron importante hacerlo lo hicieron varias décadas después de su muerte y resurrección.

Emprender un viaje a Tierra Santa también puede sorprender, e incluso desestabilizar, al peregrino. Los datos geográficos o históricos no siempre se corresponden exactamente con lo que se narra en el Antiguo o en el Nuevo Testamento. ¿Cómo debemos entender entonces la relación entre la Biblia y la arqueología?

Hasta la primera mitad del siglo XX, la arqueología de las tierras bíblicas fue llevada en gran parte por investigadores estadounidenses procedentes de medios religiosos conservadores. Para ellos, la arqueología se entendía a menudo como un apoyo o una prueba a favor de los textos bíblicos. Pero al convertirse poco a poco en una ciencia independiente de la Biblia, la arqueología resultó ser para algunos una amenaza para la fe. En efecto, en numerosos puntos aportaba resultados contradictorios con la Biblia. Desde entonces, las relaciones entre Biblia y arqueología no han dejado de complicarse y ha surgido un panorama variado de posiciones.

Sin pretender dar cuenta de toda la complejidad de las posiciones, podemos comenzar evocando, de manera esquemática, los dos extremos. Corresponden a dos grandes escuelas anglosajonas que siguen animando el debate. Por un lado están los maximalistas. Para este grupo, los textos bíblicos pueden considerarse una fuente válida para reconstruir la historia de Israel. La cronología bíblica tradicional, tal como aparece en los propios relatos bíblicos, se considera fiable.

Al otro lado se encuentran los minimalistas. Para ellos, el Antiguo Testamento sería en general ficción, y el propósito de su puesta por escrito sería puramente ideológico. Estos investigadores consideran que es imposible reconstruir la historia antigua de Israel a partir de la Biblia.

Sin embargo, los dos grupos trabajan a partir de los mismos elementos. Comparten esencialmente el mismo enfoque teórico y metodológico de los datos arqueológicos, pero se oponen en el valor que se debe conceder a los datos arqueológicos. Esto demuestra que la arqueología no es una ciencia «dura» ni puramente «exacta», sino que contiene una parte de interpretación.

Entre estos dos extremos, han surgido otras posiciones. En Europa, a partir de los años 1970, se estableció un escepticismo completamente saludable respecto al valor histórico de los textos bíblicos. Esta posición se impuso en particular gracias a la aportación de los germanófonos, que impulsaron el desarrollo de la crítica histórica de la Biblia. Estos pusieron de relieve que cada libro bíblico es el resultado de un largo y complejo proceso de reescrituras sucesivas. Un texto no corresponde por tanto a una sola época. Daremos algunos ejemplos a continuación.

Además, se tiende a analizar los textos bíblicos a la luz de las inscripciones reales egipcias, asirias, babilónicas y persas, lo que permite completarlos, confirmarlos o corregirlos en ciertos aspectos. De hecho, aunque la Biblia es un documento que narra la historia, no es más neutral ni objetiva que los escritos de los reinos vecinos, ya que cada uno de ellos cuenta la historia desde su propio punto de vista y según su propia ideología. La comparación de los textos bíblicos con los datos arqueológicos y epigráficos constituye, por tanto, un valioso medio para reconstruir de forma más objetiva la historia de Israel. Esto no significa que la Biblia no sea una herramienta útil para trazar la historia, sino que es necesario leerla de forma crítica, para poder desenmascarar las reconstrucciones teológicas e ideológicas que le han dado forma.

Tomemos primero un ejemplo del Antiguo Testamento. Resulta muy sorprendente que en Jerusalén no se conserve prácticamente ningún vestigio de la supuesta época del gran rey Salomón, en el siglo X a. C. Las construcciones importantes surgen prácticamente dos siglos después de él, en los siglos IX-VIII a. C. Por lo tanto, quizá Salomón no fuera tan influyente como cuenta la Biblia (véase 1 Reyes 1-11). Pero entonces, ¿por qué se ha exaltado tanto a esta figura? ¿Por qué se ha exagerado la gloria del rey Salomón? ¿Acaso la Biblia pretende engañar a sus lectores? No, por supuesto que no. Pero los textos que evocan la gloria sin igual del reino salomónico se escribieron mucho después de su época, cuando la dinastía de los reyes de Judá necesitó dotarse de un antepasado prestigioso para legitimarse a sí misma o justificar ciertas decisiones políticas.

Túnel de Ezequías, Jerusalén

Tamar Hayardeni תמר הירדני, CC BY 3.0 <https://creativecommons.org/licenses/by/3.0>, vía Wikimedia Commons

En el Nuevo Testamento, el mismo fenómeno está en obra, por ejemplo en lo que respecta al lugar de nacimiento de Jesús. Durante siglos, la tradición ha situado el nacimiento de Jesús en Belén, en el lugar de la basílica de la natividad. Sin embargo, persiste una duda. Los dos evangelistas que mencionan Belén difieren. Según el evangelio de Mateo, José y María residen en Belén (Mt 1,18-2,12), desde donde huyen a Egipto para volver a establecerse en «una ciudad llamada Nazaret» (Mt 2,23). Según Lucas, la pareja sube de Nazaret a Belén para inscribirse en el censo (Lc 2,4-5), y es que todo a lo largo de los evangelios, Jesús es llamado «el Nazareno» y Nazaret sigue siendo designada como su patria.

¿Por qué Belén nunca se menciona como lugar de origen de Jesús fuera de los relatos de la infancia, que solo aparecen en dos evangelistas? Belén dista mucho de ser un dato neutro: se trata de la ciudad de David, al contrario que Nazaret, que es un pueblo perfectamente desconocido en el resto de la Biblia. Pues bien, para argumentar y proclamar con fuerza el messianismo de Jesús, es necesario por supuesto que Jesús sea descendiente de David, lo que Mateo y Lucas mencionan claramente en sus respectivas genealogías. ¿Qué mejor entonces que situar su nacimiento en Belén, el lugar simbólico por excelencia de la dinastía davídica? De ahí que el lugar de nacimiento en Belén sea ante todo un enunciado teológico, y no un dato geográfico objetivo.

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Entrée de la grotte de la nativité à Bethléem. Photo: E. Pastore

En definitiva, estos ejemplos permiten comprender que los relatos bíblicos no son fuentes objetivas que el historiador podría explotar sin sentido crítico. La complejidad de la relación Biblia/Arqueología no debe desanimarnos, sino al contrario despertar en nosotros la curiosidad de escrutar sin cesar los textos en su contexto histórico y redaccional. Una lectura crítica de este tipo no debilita la Biblia; al contrario, permite captar con mayor precisión su naturaleza y su alcance.