La historia de un manuscrito que estuvo a punto de desaparecer entre las llamas

Imagina a un joven investigador alemán, lleno de entusiasmo, que explora un monasterio encaramado en las rocas del Sinaí. Se topa con una cesta llena de viejos pergaminos… y se da cuenta, quizá temblando, de que acaba de descubrir uno de los tesoros más valiosos de toda la historia del cristianismo. Esta escena no es ficción. Es lo que le sucedió a Constantin von Tischendorf en 1844. Y ese descubrimiento cambiaría para siempre nuestra forma de entender los textos bíblicos.

Un viaje, tres intentos y una paciencia a toda prueba

Nacido en 1815 en Sajonia, Tischendorf era uno de esos eruditos del siglo XIX para quienes los manuscritos antiguos constituían una auténtica obsesión. Apasionado por el Nuevo Testamento desde sus estudios en Leipzig, soñaba con encontrar los textos más fieles a los originales griegos. En 1844, emprendió su primer viaje a Oriente Medio y llegó al monasterio de Santa Catalina, enclavado a los pies del monte Sinaí. En la biblioteca, entre hojas que aparentemente estaban destinadas a la basura, reconoció unos pergaminos extraordinariamente antiguos. Se marchó con la copia de 43 hojas, con el corazón palpitante.

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Tischendorf hacia 1845, en la época de su descubrimiento del Códice Sinaítico

http://www.burgmueller.com/tischendorf.html, Dominio público, vía Wikimedia Commons

Pero él quería más. En 1853, regresó. Con las manos vacías. Luego, en 1859, esta vez con el apoyo del zar de Rusia, consiguió por fin lo que buscaba: cientos de hojas más, que hoy constituyen la mayor parte del manuscrito que conocemos. Para convencer a los monjes de que le dejaran llevarse ese tesoro, recurrió a una diplomacia muy bien engrasada: el manuscrito se presentaría como un regalo para el zar Alejandro II, quien, a cambio, garantizaría su protección en el monasterio. Un acuerdo que no carece de ambigüedad… y que aún hoy alimenta los debates sobre la legitimidad de esa «adquisición».

¿Un texto fruto de la voluntad de un emperador?

¿Por qué se elaboró un manuscrito así? La hipótesis más atractiva se remonta a Constantino I, el primer emperador cristiano de Roma. Poco después del Concilio de Nicea, en el año 325, habría encargado al obispo Eusebio de Cesarea cincuenta ejemplares de la Biblia griega para distribuirlos por las iglesias del Imperio. El Codex Sinaiticus sería uno de ellos —quizá el único que se conserva, junto con el Codex Vaticanus, si es que esta hipótesis se confirma (lo cual sigue siendo objeto de debate).

Lo que es seguro es que contiene el Nuevo Testamento al completo, lo cual ya es excepcional. El Antiguo Testamento, en cambio, es muy fragmentario; el Pentateuco, en particular, ha desaparecido casi por completo. El manuscrito también ha sido objeto de numerosas correcciones a lo largo de los siglos, lo que significa que lo que leemos no es el griego más original, sino una versión ya reelaborada y enmendada por sucesivas manos.

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Códice Sinaítico, pasaje del Evangelio de Mateo (Mt 6, 4-32). Biblioteca Británica.

Codex Sinaiticus (Gregory-Aland nº א o 01), Dominio público, vía Wikimedia Commons

Un libro creado con 360 animales y toda una vida de trabajo

El Codex Sinaiticus, designado con la letra hebrea Alef (ℵ) en los catálogos, data de entre los años 325 y 360 d. C. Es uno de los manuscritos más antiguos de la Biblia completa que se han encontrado jamás.

Lo que llama la atención, más allá de su antigüedad, es el colosal coste humano y material que representa. Sus folios están tallados en pergamino de velino, principalmente de ternera y, en ocasiones, de oveja. Se calcula que se necesitaron las pieles de unos 360 animales para elaborarlo. Y si sumamos el coste de las materias primas, el tiempo de trabajo de los escribas y la encuadernación, el total equivale a lo que una persona podía ganar en toda una vida en aquella época. No era un simple libro: era un monumento.

Sus páginas están organizadas en cuatro columnas y presentan un cuidado tipográfico notable para la época; gracias a la técnica de la esticometría, las líneas están alineadas con una regularidad casi obsesiva. Sin embargo, la ortografía deja mucho que desear: da la impresión de que el texto se dictó en voz alta y se transcribió a toda prisa, sin revisarlo apenas. Incluso los proyectos más ambiciosos tienen sus imperfecciones.

Repartidos por todos los rincones del mundo, unidos gracias a la tecnología digital

Tras su «descubrimiento», el Códice sufrió una dispersión. Tischendorf confió un tercio del mismo a la Universidad de Leipzig, y el resto acabó en San Petersburgo. En 1933, el Gobierno soviético, que necesitaba divisas con urgencia, lo vendió al Museo Británico por 100 000 libras esterlinas. Otros fragmentos, descubiertos más tarde, permanecieron en el monasterio de Santa Catalina.

Durante décadas, el manuscrito estuvo literalmente disperso entre cuatro instituciones de tres países. No fue hasta 2005 cuando un proyecto conjunto de digitalización permitió por fin reunir virtualmente todas las partes del Códice. Hoy en día, se puede consultar en línea en su totalidad, un privilegio que ni siquiera Tischendorf se habría atrevido a imaginar.

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Página abierta del códice Sinaítico expuesto en la Biblioteca Británica de Londres

Foto: E. Pastore