La sinagoga Abbell, situada en el corazón del centro médico Hadassah en Ein Kerem, conserva uno de los conjuntos más destacados de la obra monumental de Marc Chagall: doce vitrales dedicados a las tribus de Israel mencionadas en las bendiciones de Jacob (Génesis 49) y de Moisés (Deuteronomio 33). Su origen se remonta a finales de la década de 1950, cuando Miriam Freund, presidenta de la organización Hadassah, viajó a Francia para solicitar la colaboración del artista. Chagall aceptó de inmediato, viendo en este proyecto la oportunidad largamente esperada de poner su arte al servicio del pueblo judío. Nacido en 1887 en Vitebsk en un entorno jasídico, formado en Francia y profundamente marcado por el imaginario bíblico, desarrolló un lenguaje artístico singular, que mezclaba influencias modernas y simbolismo escritural. En el contexto aún cargado de la posguerra y del reciente nacimiento del Estado de Israel, concibió estas vidrieras como una obra de memoria y esperanza, destinada a ofrecer una luz espiritual a las nuevas generaciones y a inscribir la historia de Israel en una visión artística orientada hacia el futuro.
Estas doce tribus tienen su origen en los doce hijos de Jacob, también llamado Israel (Gn 29–30; 35,22-26), antepasados que dan nombre a los distintos grupos del pueblo. Cada uno de estos hijos —Rubén, Simeón, Leví, Judá, Dan, Neftalí, Gad, Aser, Isacar, Zabulón, José y Benjamín— es el origen de un grupo tribal que constituirá, en la memoria bíblica, la base histórica y simbólica de Israel. A través de ellos se perfila una identidad colectiva plural, formada por linajes distintos pero unidos por una misma alianza. Las vidrieras de Chagall retoman esta tradición fundacional al mostrar, en forma visual, el origen del pueblo judío tal y como lo transmiten los relatos bíblicos.
Foto: Cécile Martin-Houlgatte
La vidriera de Rubén evoca la bendición de Jacob: «Rubén, tú, mi primogénito, mi fuerza y los primeros frutos de mi vigor, superior en dignidad, superior en poder. Impetuoso como las aguas, ya no serás superior» (Gn 49,3-4). Rubén era el hijo mayor de Jacob y el primogénito de Lea (Gn 29,32; 35,23). Se podría pensar que el mayor guiaría a sus hermanos, pero las palabras de Jacob subrayan su inestabilidad. Esto se refleja en los tonos azulados de la vidriera, que evocan el color y el movimiento del agua. El pájaro que se eleva con garras de águila simboliza la fuerza del primogénito. Chagall evoca también la creación del mundo, tal vez porque Rubén fue el primero de los hijos que se convertirían en las tribus de Israel (Gn 35,22-26): pájaros en el cielo en la parte superior y peces en las aguas en la parte inferior. Rubén también era conocido por haber encontrado mandrágoras y habérselas llevado a su madre Lea (Gn 30,14), buscando ganarse el favor de su padre por amor y devoción.
La siguiente vidriera representa a Simeón. «Simeón y Leví son hermanos; sus espadas son instrumentos de violencia. Maldita sea su ira tan feroz y su furia tan cruel» (Gn 49,5-7). Jacob tenía una hija, Dina (Gn 30,21; 34,1), que fue secuestrada y violada por Siquem, hijo de Hamor (Gn 34,2). Aunque posteriormente se llegó a un acuerdo entre la familia de Jacob y los habitantes de la ciudad (Gn 34,8-24), Simeón y Leví atacaron a los hombres de Siquem, debilitados por la circuncisión (Gn 34,25-29). Su padre condenó enérgicamente este acto (Gn 34,30; 49,5-7). Los tonos azul oscuro de la vidriera evocan la ira de Jacob, mientras que un pequeño círculo rojo simboliza la sangre derramada y la exclusión de Simeón del círculo familiar más amplio. Las imágenes del sol y la luna expresan el ciclo continuo de la creación. Simeón recibió poca herencia territorial en Israel, lo que se sugiere mediante un paisaje urbano que representa las ciudades dispersas atribuidas a su descendencia.ance.
La vidriera de Leví recuerda la bendición: «Enseñan tus decisiones a Jacob y tu ley a Israel» (Dt 33,10). Aunque Leví participó en los actos violentos de Siquem junto a su hermano Simeón (Gn 34,25-29; 49,5-7), sus descendientes fueron apartados para el servicio sacerdotal y no recibieron territorio durante la conquista del país. Se les encomendó la vida litúrgica cotidiana del Templo: cantos, sacrificios y mantenimiento. Chagall, basándose en su profundo conocimiento de la tradición judía, integró símbolos de las prácticas posteriores: candelabros del sabbat, copa de vino para el Kidush, estrella de David y tablas de los Diez Mandamientos que recuerdan el Sinaí.
La vidriera de Judá refleja las palabras: «Judá, tus hermanos te alabarán… eres un leoncillo» (Gn 49,8-9). Judá era uno de los hijos de Lea (Gn 29,35; 35,23) y su importancia en la historia de Jacob se pone de manifiesto también en el episodio en el que interviene ante sus hermanos a favor de José (Gn 37,26-27), así como cuando se hace garante de Benjamín ante su padre (Gn 43,8-9) y aboga ante José en Egipto (Gn 44,18-34). Dado que los reyes de Israel debían proceder de esta tribu, Chagall colocó una corona en la parte superior del panel; la bendición de Jacob anuncia, en efecto, la preeminencia de Judá (Gn 49,10-12). La propia palabra «judaísmo» deriva del nombre de Judá. Las manos levantadas simbolizan la bendición real y sacerdotal, y su forma estilizada respeta la prohibición de representar de manera realista la figura humana en un lugar sagrado. El fondo rojo intenso evoca la abundancia representada en la bendición de Jacob. El león, emblema de Judá y símbolo de Jerusalén, aparece de forma abstracta, al igual que la propia ciudad, lugar del Templo pasado y esperado. Esta vidriera es única, ya que lleva la firma hebrea de Chagall.
Las vidrieras de Zabulón e Isacar se presentan juntas, reflejando su estrecha relación. «Zabulón habitará junto al mar… Isacar es un asno robusto acostado entre los rediles» (Gn 49,13-15). Ambos son hijos de Lea: Isacar (Gn 30,17-18; 35,23) e Zabulón (Gn 30,19-20; 35,23). Sus colores contrastantes, el rojo y el verde, se complementan y simbolizan su apoyo mutuo. Zabulón era una tribu marítima de comerciantes y pescadores cerca de las costas fenicias. La representación del velero crea una notable ilusión de profundidad. Isacar, pacífico y agrícola, se dedicaba al estudio y a la oración por su hermano, quien a cambio le apoyaba material y militarmente. Unas manos en actitud de oración y la cabeza de un asno subrayan esta vocación. Durante la Guerra de los Seis Días en 1967, varias vidrieras resultaron dañadas. Chagall, ya muy anciano, insistió en restaurarlas él mismo, integrando un fragmento original como símbolo de destrucción y perseverancia.
La vidriera de Dan evoca la bendición: «Dan juzgará a su pueblo… será una serpiente en el camino» (Gn 49,16-17). Dan era hijo de Bilá, la sierva de Raquel (Gn 30,5-6; 35,25). Su nombre se explica en el relato de su nacimiento mediante el verbo «juzgar»: Raquel dijo entonces: «Dios me ha hecho justicia» (Gn 30,6). Una serpiente enroscada alrededor de un candelabro evoca la justicia y la curación. Un animal que sostiene una espada hace referencia al juicio de Salomón. Chagall añadió también el recuerdo personal de una casa nevada, evocando su infancia en Bielorrusia y la ubicación septentrional de la tribu.
La vidriera de Gad representa a la tribu guerrera: «Gad será atacado por bandas, pero él a su vez las atacará» (Gn 49,19). Gad era hijo de Zilpa, la sierva de Lea (Gn 30,9-11; 35,26). Las formas caóticas y los colores intensos expresan la confusión de la guerra. A pesar de las victorias, la tribu sufre grandes pérdidas. Los círculos luminosos y las gotas de sangre evocan tanto la grandeza divina como el ciclo de la vida, mientras que una planta marchita simboliza la supervivencia tras los conflictos.
Por el contrario, la vidriera de Aser evoca paz y abundancia: «Aser tendrá comida abundante y ofrecerá manjares dignos de un rey» (Gn 49,20; cf. Dt 33,24-25). Aser era también hijo de Zilpa (Gn 30,12-13; 35,26). Establecida en Galilea, la tribu prosperó gracias a la agricultura y, sobre todo, al aceite de oliva. Chagall relaciona este aceite con la menorá del Templo y con el milagro de Janucá. Un pájaro coronado expresa esplendor y prosperidad, mientras que una paloma que sostiene una rama de olivo simboliza la paz y la fecundidad.
Neftalí se describe como «una cierva en libertad» (Gn 49,21; cf. Dt 33,23). Neftalí era el segundo hijo de Bilá, la sierva de Raquel (Gn 30,7-8; 35,25). Conocido por su rapidez y su libertad, se le representa con imágenes animales dinámicas y un gran pájaro que simboliza la resistencia y la alabanza. La tradición mencionada en este texto, según la cual Neftalí habría llevado a Jacob la noticia de que José estaba vivo, no se narra explícitamente en el Génesis; en el relato bíblico, es la familia de José, llegada de Egipto, la que anuncia a Jacob: «José aún vive» (Gn 45,25-28).
La vidriera de José ocupa un lugar central. «José es una planta fértil junto a una fuente… bendecido por el Todopoderoso» (Gn 49,22-26). José era el undécimo hijo de Jacob y el primer hijo de Raquel (Gn 30,22-24; 35,24). Favorito de su padre Jacob, quien le regaló una túnica especial (Gn 37,3), despertó los celos de sus hermanos (Gn 37,4; 37,11). Estos lo arrojaron primero a un pozo (Gn 37,24) y luego lo vendieron a unos mercaderes ismaelitas que se dirigían a Egipto (Gn 37,25-28). Cogieron su túnica, la mojaron en sangre de un macho cabrío y se la presentaron a su padre (Gn 37,31-33). En Egipto, José conoció la esclavitud y luego la prisión (Gn 39,1-20), antes de destacar por su habilidad para interpretar los sueños (Gn 40,1-23; 41,1-36). Explicó al faraón los sueños de las siete vacas gordas y las siete vacas flacas, así como de las espigas llenas y las espigas secas, anunciando siete años de abundancia seguidos de siete años de hambruna (Gn 41,17-32). Gracias a esta interpretación, fue ascendido a un alto cargo en Egipto (Gn 41,37-44) y pudo organizar las reservas de alimentos (Gn 41,46-49). Durante la hambruna, los hermanos de José vinieron a Egipto a comprar trigo (Gn 42,1-5) y José acabó por darse a conocer ante ellos (Gn 45,1-4). La primera pregunta que les hizo fue sobre su padre: «¿Vive aún mi padre? » (Gn 45,3). La noticia se transmite luego a Jacob, quien se entera de que José está vivo y gobierna Egipto (Gn 45,25-28). Unas vacas y unas gavillas evocan este episodio. Un pájaro con una corona violeta simboliza la dignidad real. Un árbol rojo que se divide en dos representa a sus hijos Efraín y Manasés, nacidos en Egipto (Gn 41,50-52; 48,1-20). En la bendición del sabbat, se exhorta a los niños a parecerse a ellos, fieles a pesar del exilio. Unas manos ensangrentadas que sostienen un shofar recuerdan el Holocausto y el sufrimiento de la guerra, mientras que el instrumento simboliza a la vez la alerta y la esperanza.
Por último, la vidriera de Benjamín lo representa con aspecto de lobo, de acuerdo con la bendición: «Benjamín es un lobo que desgarra» (Gn 49,27). Benjamín era el segundo hijo de Raquel y el benjamín de Jacob (Gn 35,16-18; 35,24). Raquel murió al dar a luz a Benjamín en el camino de Efrata, es decir, Belén (Gn 35,16-20), y Jacob protegió especialmente a este último hijo; al principio se niega a dejarlo ir con sus hermanos a Egipto (Gn 42,36-38), antes de consentirlo bajo la garantía de Judá (Gn 43,8-14). Unas formas parecidas a escudos simbolizan la protección fraternal. Raquel, madre que llora hasta la recuperación de sus hijos, se asocia a su tumba, lugar de peregrinación y de oración. Por encima del lobo, Jerusalén brilla con una luz dorada, expresando la esperanza de Chagall de una ciudad abierta a todos y de un pueblo que vive libre y pacíficamente en su tierra.
Estas vidrieras constituyen un símbolo de esperanza cuyo alcance trasciende las pertenencias religiosas. Marc Chagall se revela en ellas tanto como un gran artista como un intérprete sensible de las tradiciones bíblicas que han marcado la historia de numerosas culturas. Por su luz y su fuerza simbólica, estas obras invitan a una reflexión universal sobre la memoria, el sufrimiento y la esperanza. Sin embargo, nada sustituye a su contemplación directa, que sigue atrayendo a Jerusalén a visitantes de todo el mundo.
La sinagoga Abbell, situada en el corazón del centro médico Hadassah en Ein Kerem, conserva uno de los conjuntos más destacados de la obra monumental de Marc Chagall: doce vitrales dedicados a las tribus de Israel mencionadas en las bendiciones de Jacob (Génesis 49) y de Moisés (Deuteronomio 33). Su origen se remonta a finales de la década de 1950, cuando Miriam Freund, presidenta de la organización Hadassah, viajó a Francia para solicitar la colaboración del artista. Chagall aceptó de inmediato, viendo en este proyecto la oportunidad largamente esperada de poner su arte al servicio del pueblo judío. Nacido en 1887 en Vitebsk en un entorno jasídico, formado en Francia y profundamente marcado por el imaginario bíblico, desarrolló un lenguaje artístico singular, que mezclaba influencias modernas y simbolismo escritural. En el contexto aún cargado de la posguerra y del reciente nacimiento del Estado de Israel, concibió estas vidrieras como una obra de memoria y esperanza, destinada a ofrecer una luz espiritual a las nuevas generaciones y a inscribir la historia de Israel en una visión artística orientada hacia el futuro.
Estas doce tribus tienen su origen en los doce hijos de Jacob, también llamado Israel (Gn 29–30; 35,22-26), antepasados que dan nombre a los distintos grupos del pueblo. Cada uno de estos hijos —Rubén, Simeón, Leví, Judá, Dan, Neftalí, Gad, Aser, Isacar, Zabulón, José y Benjamín— es el origen de un grupo tribal que constituirá, en la memoria bíblica, la base histórica y simbólica de Israel. A través de ellos se perfila una identidad colectiva plural, formada por linajes distintos pero unidos por una misma alianza. Las vidrieras de Chagall retoman esta tradición fundacional al mostrar, en forma visual, el origen del pueblo judío tal y como lo transmiten los relatos bíblicos.
Foto: Cécile Martin-Houlgatte
La vidriera de Rubén evoca la bendición de Jacob: «Rubén, tú, mi primogénito, mi fuerza y los primeros frutos de mi vigor, superior en dignidad, superior en poder. Impetuoso como las aguas, ya no serás superior» (Gn 49,3-4). Rubén era el hijo mayor de Jacob y el primogénito de Lea (Gn 29,32; 35,23). Se podría pensar que el mayor guiaría a sus hermanos, pero las palabras de Jacob subrayan su inestabilidad. Esto se refleja en los tonos azulados de la vidriera, que evocan el color y el movimiento del agua. El pájaro que se eleva con garras de águila simboliza la fuerza del primogénito. Chagall evoca también la creación del mundo, tal vez porque Rubén fue el primero de los hijos que se convertirían en las tribus de Israel (Gn 35,22-26): pájaros en el cielo en la parte superior y peces en las aguas en la parte inferior. Rubén también era conocido por haber encontrado mandrágoras y habérselas llevado a su madre Lea (Gn 30,14), buscando ganarse el favor de su padre por amor y devoción.
La siguiente vidriera representa a Simeón. «Simeón y Leví son hermanos; sus espadas son instrumentos de violencia. Maldita sea su ira tan feroz y su furia tan cruel» (Gn 49,5-7). Jacob tenía una hija, Dina (Gn 30,21; 34,1), que fue secuestrada y violada por Siquem, hijo de Hamor (Gn 34,2). Aunque posteriormente se llegó a un acuerdo entre la familia de Jacob y los habitantes de la ciudad (Gn 34,8-24), Simeón y Leví atacaron a los hombres de Siquem, debilitados por la circuncisión (Gn 34,25-29). Su padre condenó enérgicamente este acto (Gn 34,30; 49,5-7). Los tonos azul oscuro de la vidriera evocan la ira de Jacob, mientras que un pequeño círculo rojo simboliza la sangre derramada y la exclusión de Simeón del círculo familiar más amplio. Las imágenes del sol y la luna expresan el ciclo continuo de la creación. Simeón recibió poca herencia territorial en Israel, lo que se sugiere mediante un paisaje urbano que representa las ciudades dispersas atribuidas a su descendencia.ance.
La vidriera de Leví recuerda la bendición: «Enseñan tus decisiones a Jacob y tu ley a Israel» (Dt 33,10). Aunque Leví participó en los actos violentos de Siquem junto a su hermano Simeón (Gn 34,25-29; 49,5-7), sus descendientes fueron apartados para el servicio sacerdotal y no recibieron territorio durante la conquista del país. Se les encomendó la vida litúrgica cotidiana del Templo: cantos, sacrificios y mantenimiento. Chagall, basándose en su profundo conocimiento de la tradición judía, integró símbolos de las prácticas posteriores: candelabros del sabbat, copa de vino para el Kidush, estrella de David y tablas de los Diez Mandamientos que recuerdan el Sinaí.
La vidriera de Judá refleja las palabras: «Judá, tus hermanos te alabarán… eres un leoncillo» (Gn 49,8-9). Judá era uno de los hijos de Lea (Gn 29,35; 35,23) y su importancia en la historia de Jacob se pone de manifiesto también en el episodio en el que interviene ante sus hermanos a favor de José (Gn 37,26-27), así como cuando se hace garante de Benjamín ante su padre (Gn 43,8-9) y aboga ante José en Egipto (Gn 44,18-34). Dado que los reyes de Israel debían proceder de esta tribu, Chagall colocó una corona en la parte superior del panel; la bendición de Jacob anuncia, en efecto, la preeminencia de Judá (Gn 49,10-12). La propia palabra «judaísmo» deriva del nombre de Judá. Las manos levantadas simbolizan la bendición real y sacerdotal, y su forma estilizada respeta la prohibición de representar de manera realista la figura humana en un lugar sagrado. El fondo rojo intenso evoca la abundancia representada en la bendición de Jacob. El león, emblema de Judá y símbolo de Jerusalén, aparece de forma abstracta, al igual que la propia ciudad, lugar del Templo pasado y esperado. Esta vidriera es única, ya que lleva la firma hebrea de Chagall.
Las vidrieras de Zabulón e Isacar se presentan juntas, reflejando su estrecha relación. «Zabulón habitará junto al mar… Isacar es un asno robusto acostado entre los rediles» (Gn 49,13-15). Ambos son hijos de Lea: Isacar (Gn 30,17-18; 35,23) e Zabulón (Gn 30,19-20; 35,23). Sus colores contrastantes, el rojo y el verde, se complementan y simbolizan su apoyo mutuo. Zabulón era una tribu marítima de comerciantes y pescadores cerca de las costas fenicias. La representación del velero crea una notable ilusión de profundidad. Isacar, pacífico y agrícola, se dedicaba al estudio y a la oración por su hermano, quien a cambio le apoyaba material y militarmente. Unas manos en actitud de oración y la cabeza de un asno subrayan esta vocación. Durante la Guerra de los Seis Días en 1967, varias vidrieras resultaron dañadas. Chagall, ya muy anciano, insistió en restaurarlas él mismo, integrando un fragmento original como símbolo de destrucción y perseverancia.
La vidriera de Dan evoca la bendición: «Dan juzgará a su pueblo… será una serpiente en el camino» (Gn 49,16-17). Dan era hijo de Bilá, la sierva de Raquel (Gn 30,5-6; 35,25). Su nombre se explica en el relato de su nacimiento mediante el verbo «juzgar»: Raquel dijo entonces: «Dios me ha hecho justicia» (Gn 30,6). Una serpiente enroscada alrededor de un candelabro evoca la justicia y la curación. Un animal que sostiene una espada hace referencia al juicio de Salomón. Chagall añadió también el recuerdo personal de una casa nevada, evocando su infancia en Bielorrusia y la ubicación septentrional de la tribu.
La vidriera de Gad representa a la tribu guerrera: «Gad será atacado por bandas, pero él a su vez las atacará» (Gn 49,19). Gad era hijo de Zilpa, la sierva de Lea (Gn 30,9-11; 35,26). Las formas caóticas y los colores intensos expresan la confusión de la guerra. A pesar de las victorias, la tribu sufre grandes pérdidas. Los círculos luminosos y las gotas de sangre evocan tanto la grandeza divina como el ciclo de la vida, mientras que una planta marchita simboliza la supervivencia tras los conflictos.
Por el contrario, la vidriera de Aser evoca paz y abundancia: «Aser tendrá comida abundante y ofrecerá manjares dignos de un rey» (Gn 49,20; cf. Dt 33,24-25). Aser era también hijo de Zilpa (Gn 30,12-13; 35,26). Establecida en Galilea, la tribu prosperó gracias a la agricultura y, sobre todo, al aceite de oliva. Chagall relaciona este aceite con la menorá del Templo y con el milagro de Janucá. Un pájaro coronado expresa esplendor y prosperidad, mientras que una paloma que sostiene una rama de olivo simboliza la paz y la fecundidad.
Neftalí se describe como «una cierva en libertad» (Gn 49,21; cf. Dt 33,23). Neftalí era el segundo hijo de Bilá, la sierva de Raquel (Gn 30,7-8; 35,25). Conocido por su rapidez y su libertad, se le representa con imágenes animales dinámicas y un gran pájaro que simboliza la resistencia y la alabanza. La tradición mencionada en este texto, según la cual Neftalí habría llevado a Jacob la noticia de que José estaba vivo, no se narra explícitamente en el Génesis; en el relato bíblico, es la familia de José, llegada de Egipto, la que anuncia a Jacob: «José aún vive» (Gn 45,25-28).
La vidriera de José ocupa un lugar central. «José es una planta fértil junto a una fuente… bendecido por el Todopoderoso» (Gn 49,22-26). José era el undécimo hijo de Jacob y el primer hijo de Raquel (Gn 30,22-24; 35,24). Favorito de su padre Jacob, quien le regaló una túnica especial (Gn 37,3), despertó los celos de sus hermanos (Gn 37,4; 37,11). Estos lo arrojaron primero a un pozo (Gn 37,24) y luego lo vendieron a unos mercaderes ismaelitas que se dirigían a Egipto (Gn 37,25-28). Cogieron su túnica, la mojaron en sangre de un macho cabrío y se la presentaron a su padre (Gn 37,31-33). En Egipto, José conoció la esclavitud y luego la prisión (Gn 39,1-20), antes de destacar por su habilidad para interpretar los sueños (Gn 40,1-23; 41,1-36). Explicó al faraón los sueños de las siete vacas gordas y las siete vacas flacas, así como de las espigas llenas y las espigas secas, anunciando siete años de abundancia seguidos de siete años de hambruna (Gn 41,17-32). Gracias a esta interpretación, fue ascendido a un alto cargo en Egipto (Gn 41,37-44) y pudo organizar las reservas de alimentos (Gn 41,46-49). Durante la hambruna, los hermanos de José vinieron a Egipto a comprar trigo (Gn 42,1-5) y José acabó por darse a conocer ante ellos (Gn 45,1-4). La primera pregunta que les hizo fue sobre su padre: «¿Vive aún mi padre? » (Gn 45,3). La noticia se transmite luego a Jacob, quien se entera de que José está vivo y gobierna Egipto (Gn 45,25-28). Unas vacas y unas gavillas evocan este episodio. Un pájaro con una corona violeta simboliza la dignidad real. Un árbol rojo que se divide en dos representa a sus hijos Efraín y Manasés, nacidos en Egipto (Gn 41,50-52; 48,1-20). En la bendición del sabbat, se exhorta a los niños a parecerse a ellos, fieles a pesar del exilio. Unas manos ensangrentadas que sostienen un shofar recuerdan el Holocausto y el sufrimiento de la guerra, mientras que el instrumento simboliza a la vez la alerta y la esperanza.
Por último, la vidriera de Benjamín lo representa con aspecto de lobo, de acuerdo con la bendición: «Benjamín es un lobo que desgarra» (Gn 49,27). Benjamín era el segundo hijo de Raquel y el benjamín de Jacob (Gn 35,16-18; 35,24). Raquel murió al dar a luz a Benjamín en el camino de Efrata, es decir, Belén (Gn 35,16-20), y Jacob protegió especialmente a este último hijo; al principio se niega a dejarlo ir con sus hermanos a Egipto (Gn 42,36-38), antes de consentirlo bajo la garantía de Judá (Gn 43,8-14). Unas formas parecidas a escudos simbolizan la protección fraternal. Raquel, madre que llora hasta la recuperación de sus hijos, se asocia a su tumba, lugar de peregrinación y de oración. Por encima del lobo, Jerusalén brilla con una luz dorada, expresando la esperanza de Chagall de una ciudad abierta a todos y de un pueblo que vive libre y pacíficamente en su tierra.
Estas vidrieras constituyen un símbolo de esperanza cuyo alcance trasciende las pertenencias religiosas. Marc Chagall se revela en ellas tanto como un gran artista como un intérprete sensible de las tradiciones bíblicas que han marcado la historia de numerosas culturas. Por su luz y su fuerza simbólica, estas obras invitan a una reflexión universal sobre la memoria, el sufrimiento y la esperanza. Sin embargo, nada sustituye a su contemplación directa, que sigue atrayendo a Jerusalén a visitantes de todo el mundo.

