¿Cómo reconocer a Cristo cuando parece desaparecer entre la multitud? ¿Por qué un pintor elegiría relegar a un segundo plano al personaje que da sentido a toda la escena? En esta enigmática obra de Herri met de Bles, la mirada se pone a prueba. Se invita al espectador a buscar lo que parece oculto, a discernir una presencia que no se impone a primera vista. A través de una lectura cruzada del cuadro y de los textos bíblicos, este estudio muestra cómo el arte puede convertirse en un verdadero lugar de interpretación de las Escrituras.
Gemäldegalerie der Akademie der bildenden Künste Wien, Public domain, via Wikimedia Commons
La obra «La subida al Calvario» de Herri met de Bles se inscribe en la representación de un episodio central de la Pasión de Cristo, tal y como lo relatan los Evangelios sinópticos, que describen el camino de Jesús hacia el lugar de su crucifixión. El relato que ofrece el Evangelio según San Lucas (Lc 23,26-35) constituye una de las formulaciones más desarrolladas:
Lc 23, 26-36: 26 Mientras se lo llevaban, tomaron a un tal Simón de Cirene, que venía del campo, y le cargaron la cruz para que la llevara detrás de Jesús. 27 Le seguía una gran multitud del pueblo, entre las que había mujeres que se golpeaban el pecho y se lamentaban por él. 28 Jesús se volvió hacia ellas y les dijo: «Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, sino llorad por vosotras mismas y por vuestros hijos. 29 Porque vendrán días en que se dirá: “Dichosas las mujeres estériles y las que no han dado a luz ni amamantado”. » 30 «Entonces se dirá a los montes: “Caed sobre nosotros”, y a las colinas: “Escondednos”. 31 Porque si así tratan al árbol verde, ¿qué será del árbol seco? «32 También llevaban a otros dos malhechores para ejecutarlos con él. 33 Al llegar al lugar llamado «la Calavera», lo crucificaron allí junto con los dos malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda. 34 Jesús decía: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen». » Y, para repartirse sus vestiduras, echaron suertes. 35 El pueblo se quedaba allí mirando; los jefes, por su parte, se burlaban; decían: «A otros los ha salvado. ¡Que se salve a sí mismo si es el Mesías de Dios, el Elegido!»
El pasaje describe el camino de Cristo hacia el Gólgota, lugar de su martirio, acompañado de dos ladrones y seguido por una multitud numerosa, a la vez burlona, hostil y, en ocasiones, indiferente. Los sumos sacerdotes, los fariseos y los soldados se burlan de Jesús, revelando así su incapacidad para reconocer en él al Mesías anunciado. Su actitud pone de manifiesto la incomprensión del sentido de su misión y la ceguera espiritual ante la revelación divina. En medio de esta violencia, Jesús adopta una postura radicalmente opuesta al pronunciar palabras de perdón, en particular la famosa invocación: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lc 23,34). Con esta actitud, revela la ignorancia de sus verdugos al tiempo que afirma una lógica de salvación basada en la misericordia. En este sentido, ya prefigura el cumplimiento de la redención. Paralelamente, Simón de Cirene, obligado a llevar la cruz, encarna al discípulo llamado a seguir a Cristo compartiendo su sufrimiento. Las mujeres de Jerusalén, con sus lamentos, expresan una compasión que Jesús invita a superar, exhortándolas a llorar no por él, sino por ellas mismas y por sus hijos. Él desplaza la mirada hacia el alcance escatológico del acontecimiento. En efecto, en este episodio, Jesús se dispone a ser crucificado. La crucifixión se entiende como un sufrimiento asumido para expiar el pecado original. Mediante su sacrificio, Jesús toma sobre sí la culpa de la humanidad y restablece la relación con Dios. La cruz y el monte Gólgota se convierten en el lugar donde se manifiesta la obra de la redención.
En el cuadro aparecen los distintos grupos mencionados en el relato. Los sumos sacerdotes y las autoridades religiosas que llevaron a cabo el proceso contra Jesús aparecen a caballo, ricamente ataviados, ocupando una posición dominante en la composición. Por el contrario, Cristo aparece representado encorvado bajo el peso de la cruz, con los pies descalzos y polvorientos, reducido a una figura minúscula y sombría, en contraste con las imponentes figuras de sus perseguidores. Simón de Cirene es la única figura que le presta ayuda: ayuda a Cristo a llevar la cruz. También desempeña un papel de mediador entre la escena y el espectador, en el sentido de que parece romper la «cuarta pared» pictórica para interpelar directamente al observador y hacerle tomar conciencia de la importancia del acto redentor que Jesús está a punto de realizar, al tiempo que le invita a reconocerse en la figura del cristiano llamado a llevar su cruz.
Lo que resulta especialmente llamativo es la inversión del modelo cristocéntrico tradicional. Rompiendo con la tradición, Met de Bles sitúa a Cristo en un segundo plano, en medio de un paisaje rebosante de vida. Es más, su actitud parece casi indigna, marcada por el agotamiento y la humillación. Esta elección refleja la voluntad de poner de relieve una paradoja: la multitud no solo no reconoce la divinidad de Cristo, sino que también permanece ciega ante su propia humanidad. Este paralelismo remite directamente al concepto teológico de kenosis, es decir, al hecho de que lo divino se despoja de su gloria para rebajarse hasta la condición más humilde.
En este sentido, el cuadro puede interpretarse a la luz de una comparación tipológica entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. Los episodios de la Pasión de Cristo ponen especialmente de manifiesto la reinterpretación de las Escrituras llevada a cabo por los primeros cristianos, quienes releen las Escrituras antiguas a la luz del acontecimiento crístico. Así, puede relacionarse con el libro de Isaías, en particular con los cantos del Siervo sufriente (Is 52–53), donde la figura de un justo humillado y entregado al sufrimiento por la salvación de los demás se hace eco de Cristo, que está a punto de morir por el mundo. En el cuadro, la condición de Cristo, apenas visible y casi aplastada por la masa, puede compararse con esta descripción del Siervo:
Is 53,2: Ante él, crecía como un renuevo, como una raíz en tierra árida; no tenía aspecto ni belleza que llamara la atención.
La imagen de la raíz es especialmente significativa. Una raíz suele permanecer enterrada bajo tierra, oculta a la vista, aunque sea el principio mismo de la vida de la planta. De manera análoga, el Cristo de Met de Bles está presente en el corazón de la escena sin ocupar su centro visible. Perdido entre la multitud y casi invisible a primera vista, constituye, sin embargo, el verdadero fundamento de todo lo que está sucediendo. Al igual que la raíz de Isaías, al principio escapa a la vista antes de ser reconocido como aquel que lleva en secreto la salvación del mundo. Esta comparación, frecuente en la tradición cristiana, funciona tanto como una lectura cristológica del texto profético como una figura de cumplimiento en el Nuevo Testamento.
Una de las principales diferencias con respecto al texto bíblico reside en la transposición espacial y temporal que lleva a cabo el pintor. El grupo de autoridades religiosas aparece representado con trajes contemporáneos a Jesús, mientras que los campesinos visten a la moda flamenca del siglo XVI, en un entorno que evoca más a Flandes que a Tierra Santa. Met de Bles separa los grupos mediante un borde rocoso, distinguiendo así dos perspectivas. Esta disociación visual articula el tiempo del Nuevo Testamento y la experiencia del espectador, invitado a actualizar el sentido del relato sagrado.
En este sentido, en la obra se oculta una roca que adopta la forma de Cristo, al tiempo que es señalada por un personaje que la señala con el dedo. Este enfoque forma parte de una exégesis visual, que consiste en la capacidad del pintor para proponer una «imagen potencial», es decir, una imagen que exige al espectador un esfuerzo de interpretación. Este procedimiento remite a la noción teológica de Deus absconditus («Dios oculto»), profundamente arraigada en la tradición del Antiguo Testamento. Así se produce una vez más un acercamiento tipológico entre la Pasión de Cristo y el libro de Isaías:
Is 45,15: ¡En verdad, eres un Dios que se oculta, Dios de Israel, Salvador!
El espectador, al igual que los testigos del relato evangélico, se enfrenta a una verdadera prueba de discernimiento hermenéutico. Ante una multitud incapaz de reconocer a Cristo, se le invita a ir más allá de las apariencias para descubrir que ese sufrimiento, tanto físico como psíquico, constituye el acto redentor mediante el cual se cumple la salvación de la humanidad. En la paradoja de la cruz se revela entonces la presencia discreta pero activa de Dios.
Manon OBERTI
Estudiante de máster en Historia del Arte: Gestión y valorización del patrimonio cristiano, en el Instituto Católico de París

