En las civilizaciones antiguas, el Año Nuevo nunca fue una simple convención calendárica: marcaba un momento decisivo de renovación del mundo, inscrito en los grandes ritmos de la naturaleza. Pero, ¿cómo se sitúa la Biblia con respecto a estas concepciones del tiempo? ¿Comparte esta visión cíclica o propone otra forma de concebir el tiempo, la historia y el comienzo? Cuestionar la noción del tiempo que pasa es entrar en una reflexión entre la memoria de los orígenes, la espera de un cumplimiento y el significado para el tiempo presente.

Año Nuevo en el antiguo Egipto

En el antiguo Egipto, el comienzo del año, llamado Wepet Renpet («la apertura del año»), estaba estrechamente relacionado con la crecida anual del Nilo, un fenómeno vital para la supervivencia del país. La crecida de las aguas, que solía producirse en pleno verano, hacia julio, depositaba el limo fértil indispensable para la agricultura y condicionaba toda la economía, la alimentación y la estabilidad del reino. Este ritmo natural, del que dependía la vida misma de Egipto, adquirió por tanto un gran significado religioso. El Año Nuevo también coincidía con la salida heliaca de la estrella Sirio, un acontecimiento astronómico percibido como un signo cósmico de renacimiento. En esta ocasión, el tiempo no solo se contaba: se reabría, se relanzaba, se regeneraba. Las fiestas incluían ritos de protección y bendición para el año venidero, pero también procesiones solemnes, durante las cuales se sacaban las estatuas de los dioses de los templos. Al recorrer el espacio humano, las divinidades manifestaban su presencia activa y renovaban simbólicamente el orden del mundo. El paso al nuevo año era, por tanto, un momento que traía esperanza y estaba cargado de fragilidad: un umbral en el que había que reafirmar ritualmente el equilibrio entre el orden y el caos.

personificación-nilo

Doble representación de Hâpy, el antiguo dios egipcio del Nilo y sus crecidas, en el motivo del sema-tawy, símbolo de la unificación de las Dos Tierras. Une los emblemas del Alto Egipto (el loto, mitad izquierda) y del Bajo Egipto (el papiro, mitad derecha), mientras que la vegetación, los pechos desarrollados y el vientre redondeado simbolizan la fertilidad, y la piel azul simboliza el agua vivificante del Nilo.

Foto : Jeff Dahl, CC BY-SA 4.0 <https://creativecommons.org/licenses/by-sa/4.0, via Wikimedia Commons>

Año Nuevo en Babilonia

Un esquema similar se encuentra en Babilonia, donde la fiesta de Año Nuevo, llamada Akītu, se celebraba en primavera, alrededor del equinoccio, y duraba varios días. Una vez más, no se trataba simplemente de cambiar de año, sino de refundar simbólicamente el tiempo y el cosmos. La fiesta tenía como protagonista al dios Marduk, garante del orden universal, cuya victoria sobre las fuerzas del caos se actualizaba ritualmente. Uno de los momentos centrales del Akītu consistía precisamente en una procesión de estatuas divinas, que se sacaban de su santuario principal y se llevaban a una «casa del Akītu» situada fuera de la ciudad. Este desplazamiento sagrado mostraba una concepción dinámica de lo divino: los dioses no permanecían inmóviles en sus templos, sino que recorrían la ciudad y sus alrededores para reordenar el mundo. El propio rey participaba en los ritos, sometido a una humillación simbólica antes de ser restituido en su función, señal de que incluso el poder político debía ser revalidado por el nuevo tiempo.

voie-processionnelle-babylone

Reconstrucción de la Vía Procesional en el yacimiento de Babilonia.

Hamody al-iraqi, CC BY-SA 4.0 <https://creativecommons.org/licenses/by-sa/4.0>, via Wikimedia Commons

Tanto en Babilonia como en Egipto, el Año Nuevo se consideraba un momento decisivo: el tiempo no era lineal, sino cíclico, siempre amenazado por la desintegración, siempre por recomponer. La procesión de estatuas, visible y pública, daba cuerpo a esta convicción fundamental: para que el año comenzara realmente, era necesario que los dioses salieran, caminaran y reafirmaran su presencia en el corazón del mundo humano.

Año Nuevo en Roma

En el mundo romano, el Año Nuevo adopta una forma diferente, pero igualmente reveladora de la antigua forma de concebir el tiempo. En Roma, el 1 de enero se impone progresivamente como el comienzo del año, especialmente a partir del 153 a. C., cuando los cónsules asumen el cargo en esa fecha. Esta elección no es arbitraria: enero está bajo la protección de Jano, una deidad específicamente romana, sin equivalente exacto en los panteones griego u oriental. Jano es el dios de los comienzos, los pasajes y los umbrales (ianua significa «la puerta»), y tradicionalmente se representa con dos caras, una mirando hacia atrás y otra hacia delante. Esta iconografía expresa una profunda intuición: entrar en un nuevo año supone tanto recordar el tiempo transcurrido como abrirse a lo que está por venir. El Año Nuevo romano está, por tanto, menos relacionado con un ciclo natural espectacular, como la crecida del Nilo o el equinoccio, que con una reflexión simbólica sobre el tiempo humano y político.

Jano

Busto del dios Jano, Museos Vaticanos, Vaticano.

Fubar Obfusco, Public domain, via Wikimedia Commons

Las calendas de enero daban lugar a ritos religiosos, votos dirigidos a los dioses para el año venidero (vota) e intercambios de regalos llamados strenae, signos de buen augurio. Janus era invocado en primer lugar en las oraciones, ya que ningún paso, ya fuera espacial, temporal o ritual, podía darse sin él. Al poner el comienzo del año bajo la mirada de Jano, los romanos afirmaban que el tiempo no es ni neutro ni puramente mecánico: es un espacio de responsabilidad, al que se entra conscientemente, mirando tanto lo que se deja atrás como lo que se espera.

El sentido del tiempo en la Biblia

A diferencia de las grandes civilizaciones antiguas, la Biblia propone una forma profundamente original de concebir el tiempo. Tanto en Egipto como en Babilonia, el tiempo es esencialmente cíclico: las fiestas anuales actualizan, año tras año, un orden cósmico siempre amenazado, inscrito en el espacio del mito. El ritual no conduce a un final, sino que mantiene al mundo en una repetición necesaria, donde el sentido se repite sin un verdadero cumplimiento final.

La Biblia, por el contrario, rompe con esta lógica. El tiempo bíblico es histórico y orientado: avanza hacia una finalidad. La historia humana no está encerrada en un eterno retorno, sino que tiende hacia un cumplimiento de los tiempos, entendido como una revelación progresiva de Dios, que culmina en la manifestación de Cristo. Sin embargo, esta concepción no es puramente lineal.

Se puede vislumbrar incluso en la propia lengua hebrea. Así, la raíz קדם (qdm) significa tanto «avanzar», «adelantarse», como designar el punto cardinal este (קֶדֶם – qèdem), donde sale el sol. El lugar donde sale el sol remite al origen, al lugar de donde venimos. La relación entre «avanzar» y «el origen» sugiere una intuición muy hermosa: en el pensamiento bíblico, avanzar hacia el futuro implica mirar atrás, tener en cuenta nuestro origen, en definitiva, se trata de aprender del pasado para dar sentido al presente. El futuro no es una incógnita arbitraria, sino un camino iluminado por la memoria.

Una lógica similar se encuentra en la palabra hebrea para «año», שָׁנָה (shānāh), derivada de la raíz de la que proviene el número «dos». Ahora bien, este número evoca tanto la repetición como el cambio. El año no es un simple retorno a lo idéntico: comienza de otra manera. Por eso, el tiempo bíblico no puede describirse ni como estrictamente cíclico ni como simplemente lineal. Se asemeja más bien a una espiral, en la que la repetición —la memoria del pasado— se convierte en portadora de novedad, al tiempo que se orienta hacia un fin. Mientras que el mito se repite sin avanzar, la Biblia convierte la memoria en una fuerza creativa: cada repetición transforma, cada retorno abre un futuro. El sentido no se encuentra en el umbral mismo, como en Janus, sino en la capacidad de habitar el presente a la luz del pasado, para caminar hacia un cumplimiento aún por venir.

Cómo se traduce esto en la liturgia cristiana

Esta concepción bíblica del tiempo encuentra su máxima expresión en la liturgia cristiana. Para la fe cristiana, el tiempo no está simplemente orientado hacia un fin abstracto: está orientado hacia la revelación del Hijo de Dios, Jesucristo. Sin embargo, esta revelación es paradójica, ya que al mismo tiempo ya ha ocurrido y aún se espera. Jesús se encarnó en la historia hace más de dos mil años, y cada año la liturgia lo conmemora: la Navidad, la Epifanía y luego todo el año litúrgico recuerdan sin cesar esta primera venida, inscrita en el pasado pero siempre fundacional.

Sin embargo, como lo expresó con gran sutileza San Bernardo de Claraval, Cristo no viene solo una vez en la historia, ni solo al final de los tiempos, sino según una dinámica de tres venidas. Entre la venida histórica y la venida gloriosa, hay una venida presente, interior y sacramental. Cristo sigue viniendo hoy a la vida de los creyentes, en particular a través de la liturgia eucarística, donde se entrega realmente, en cuerpo y sangre, a quienes lo reciben. Así, el tiempo cristiano no es un simple tiempo de espera: ya está habitado por la presencia de Aquel que viene.

Por último, la liturgia mantiene abierta la perspectiva de una realización definitiva, la venida definitiva de Cristo, en la que la historia encontrará su pleno sentido, en la que el encuentro será total y en la que lo que se vivía en la fe se comprenderá finalmente con claridad. Por eso la vida cristiana es siempre un camino: avanza entre la memoria, la presencia y la esperanza. En este comienzo de nuevo año, la liturgia nos invita precisamente a entrar en esta conciencia del tiempo como don y como camino: un tiempo moldeado por el recuerdo de la primera venida de Cristo, alimentado por su presencia continua en los sacramentos y orientado hacia la certeza de que nuestra vida, en su propia duración, está orientada hacia su manifestación definitiva.

El tiempo nos es dado; lo que importa ahora es cómo decidimos vivirlo. Un nuevo año se abre ante nosotros: lo importante no es solo que comience, sino cómo sabremos darle sentido.

En las civilizaciones antiguas, el Año Nuevo nunca fue una simple convención calendárica: marcaba un momento decisivo de renovación del mundo, inscrito en los grandes ritmos de la naturaleza. Pero, ¿cómo se sitúa la Biblia con respecto a estas concepciones del tiempo? ¿Comparte esta visión cíclica o propone otra forma de concebir el tiempo, la historia y el comienzo? Cuestionar la noción del tiempo que pasa es entrar en una reflexión entre la memoria de los orígenes, la espera de un cumplimiento y el significado para el tiempo presente.

Año Nuevo en el antiguo Egipto

En el antiguo Egipto, el comienzo del año, llamado Wepet Renpet («la apertura del año»), estaba estrechamente relacionado con la crecida anual del Nilo, un fenómeno vital para la supervivencia del país. La crecida de las aguas, que solía producirse en pleno verano, hacia julio, depositaba el limo fértil indispensable para la agricultura y condicionaba toda la economía, la alimentación y la estabilidad del reino. Este ritmo natural, del que dependía la vida misma de Egipto, adquirió por tanto un gran significado religioso. El Año Nuevo también coincidía con la salida heliaca de la estrella Sirio, un acontecimiento astronómico percibido como un signo cósmico de renacimiento. En esta ocasión, el tiempo no solo se contaba: se reabría, se relanzaba, se regeneraba. Las fiestas incluían ritos de protección y bendición para el año venidero, pero también procesiones solemnes, durante las cuales se sacaban las estatuas de los dioses de los templos. Al recorrer el espacio humano, las divinidades manifestaban su presencia activa y renovaban simbólicamente el orden del mundo. El paso al nuevo año era, por tanto, un momento que traía esperanza y estaba cargado de fragilidad: un umbral en el que había que reafirmar ritualmente el equilibrio entre el orden y el caos.

personificación-nilo

Doble representación de Hâpy, el antiguo dios egipcio del Nilo y sus crecidas, en el motivo del sema-tawy, símbolo de la unificación de las Dos Tierras. Une los emblemas del Alto Egipto (el loto, mitad izquierda) y del Bajo Egipto (el papiro, mitad derecha), mientras que la vegetación, los pechos desarrollados y el vientre redondeado simbolizan la fertilidad, y la piel azul simboliza el agua vivificante del Nilo.

Foto : Jeff Dahl, CC BY-SA 4.0 <https://creativecommons.org/licenses/by-sa/4.0, via Wikimedia Commons>

Año Nuevo en Babilonia

Un esquema similar se encuentra en Babilonia, donde la fiesta de Año Nuevo, llamada Akītu, se celebraba en primavera, alrededor del equinoccio, y duraba varios días. Una vez más, no se trataba simplemente de cambiar de año, sino de refundar simbólicamente el tiempo y el cosmos. La fiesta tenía como protagonista al dios Marduk, garante del orden universal, cuya victoria sobre las fuerzas del caos se actualizaba ritualmente. Uno de los momentos centrales del Akītu consistía precisamente en una procesión de estatuas divinas, que se sacaban de su santuario principal y se llevaban a una «casa del Akītu» situada fuera de la ciudad. Este desplazamiento sagrado mostraba una concepción dinámica de lo divino: los dioses no permanecían inmóviles en sus templos, sino que recorrían la ciudad y sus alrededores para reordenar el mundo. El propio rey participaba en los ritos, sometido a una humillación simbólica antes de ser restituido en su función, señal de que incluso el poder político debía ser revalidado por el nuevo tiempo.

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Reconstrucción de la Vía Procesional en el yacimiento de Babilonia.

Hamody al-iraqi, CC BY-SA 4.0 <https://creativecommons.org/licenses/by-sa/4.0>, via Wikimedia Commons

Tanto en Babilonia como en Egipto, el Año Nuevo se consideraba un momento decisivo: el tiempo no era lineal, sino cíclico, siempre amenazado por la desintegración, siempre por recomponer. La procesión de estatuas, visible y pública, daba cuerpo a esta convicción fundamental: para que el año comenzara realmente, era necesario que los dioses salieran, caminaran y reafirmaran su presencia en el corazón del mundo humano.

Año Nuevo en Roma

En el mundo romano, el Año Nuevo adopta una forma diferente, pero igualmente reveladora de la antigua forma de concebir el tiempo. En Roma, el 1 de enero se impone progresivamente como el comienzo del año, especialmente a partir del 153 a. C., cuando los cónsules asumen el cargo en esa fecha. Esta elección no es arbitraria: enero está bajo la protección de Jano, una deidad específicamente romana, sin equivalente exacto en los panteones griego u oriental. Jano es el dios de los comienzos, los pasajes y los umbrales (ianua significa «la puerta»), y tradicionalmente se representa con dos caras, una mirando hacia atrás y otra hacia delante. Esta iconografía expresa una profunda intuición: entrar en un nuevo año supone tanto recordar el tiempo transcurrido como abrirse a lo que está por venir. El Año Nuevo romano está, por tanto, menos relacionado con un ciclo natural espectacular, como la crecida del Nilo o el equinoccio, que con una reflexión simbólica sobre el tiempo humano y político.

Jano

Busto del dios Jano, Museos Vaticanos, Vaticano.

Fubar Obfusco, Public domain, via Wikimedia Commons

Las calendas de enero daban lugar a ritos religiosos, votos dirigidos a los dioses para el año venidero (vota) e intercambios de regalos llamados strenae, signos de buen augurio. Janus era invocado en primer lugar en las oraciones, ya que ningún paso, ya fuera espacial, temporal o ritual, podía darse sin él. Al poner el comienzo del año bajo la mirada de Jano, los romanos afirmaban que el tiempo no es ni neutro ni puramente mecánico: es un espacio de responsabilidad, al que se entra conscientemente, mirando tanto lo que se deja atrás como lo que se espera.

El sentido del tiempo en la Biblia

A diferencia de las grandes civilizaciones antiguas, la Biblia propone una forma profundamente original de concebir el tiempo. Tanto en Egipto como en Babilonia, el tiempo es esencialmente cíclico: las fiestas anuales actualizan, año tras año, un orden cósmico siempre amenazado, inscrito en el espacio del mito. El ritual no conduce a un final, sino que mantiene al mundo en una repetición necesaria, donde el sentido se repite sin un verdadero cumplimiento final.

La Biblia, por el contrario, rompe con esta lógica. El tiempo bíblico es histórico y orientado: avanza hacia una finalidad. La historia humana no está encerrada en un eterno retorno, sino que tiende hacia un cumplimiento de los tiempos, entendido como una revelación progresiva de Dios, que culmina en la manifestación de Cristo. Sin embargo, esta concepción no es puramente lineal.

Se puede vislumbrar incluso en la propia lengua hebrea. Así, la raíz קדם (qdm) significa tanto «avanzar», «adelantarse», como designar el punto cardinal este (קֶדֶם – qèdem), donde sale el sol. El lugar donde sale el sol remite al origen, al lugar de donde venimos. La relación entre «avanzar» y «el origen» sugiere una intuición muy hermosa: en el pensamiento bíblico, avanzar hacia el futuro implica mirar atrás, tener en cuenta nuestro origen, en definitiva, se trata de aprender del pasado para dar sentido al presente. El futuro no es una incógnita arbitraria, sino un camino iluminado por la memoria.

Una lógica similar se encuentra en la palabra hebrea para «año», שָׁנָה (shānāh), derivada de la raíz de la que proviene el número «dos». Ahora bien, este número evoca tanto la repetición como el cambio. El año no es un simple retorno a lo idéntico: comienza de otra manera. Por eso, el tiempo bíblico no puede describirse ni como estrictamente cíclico ni como simplemente lineal. Se asemeja más bien a una espiral, en la que la repetición —la memoria del pasado— se convierte en portadora de novedad, al tiempo que se orienta hacia un fin. Mientras que el mito se repite sin avanzar, la Biblia convierte la memoria en una fuerza creativa: cada repetición transforma, cada retorno abre un futuro. El sentido no se encuentra en el umbral mismo, como en Janus, sino en la capacidad de habitar el presente a la luz del pasado, para caminar hacia un cumplimiento aún por venir.

Cómo se traduce esto en la liturgia cristiana

Esta concepción bíblica del tiempo encuentra su máxima expresión en la liturgia cristiana. Para la fe cristiana, el tiempo no está simplemente orientado hacia un fin abstracto: está orientado hacia la revelación del Hijo de Dios, Jesucristo. Sin embargo, esta revelación es paradójica, ya que al mismo tiempo ya ha ocurrido y aún se espera. Jesús se encarnó en la historia hace más de dos mil años, y cada año la liturgia lo conmemora: la Navidad, la Epifanía y luego todo el año litúrgico recuerdan sin cesar esta primera venida, inscrita en el pasado pero siempre fundacional.

Sin embargo, como lo expresó con gran sutileza San Bernardo de Claraval, Cristo no viene solo una vez en la historia, ni solo al final de los tiempos, sino según una dinámica de tres venidas. Entre la venida histórica y la venida gloriosa, hay una venida presente, interior y sacramental. Cristo sigue viniendo hoy a la vida de los creyentes, en particular a través de la liturgia eucarística, donde se entrega realmente, en cuerpo y sangre, a quienes lo reciben. Así, el tiempo cristiano no es un simple tiempo de espera: ya está habitado por la presencia de Aquel que viene.

Por último, la liturgia mantiene abierta la perspectiva de una realización definitiva, la venida definitiva de Cristo, en la que la historia encontrará su pleno sentido, en la que el encuentro será total y en la que lo que se vivía en la fe se comprenderá finalmente con claridad. Por eso la vida cristiana es siempre un camino: avanza entre la memoria, la presencia y la esperanza. En este comienzo de nuevo año, la liturgia nos invita precisamente a entrar en esta conciencia del tiempo como don y como camino: un tiempo moldeado por el recuerdo de la primera venida de Cristo, alimentado por su presencia continua en los sacramentos y orientado hacia la certeza de que nuestra vida, en su propia duración, está orientada hacia su manifestación definitiva.

El tiempo nos es dado; lo que importa ahora es cómo decidimos vivirlo. Un nuevo año se abre ante nosotros: lo importante no es solo que comience, sino cómo sabremos darle sentido.